Vivencias de una vida ajetreada y bien aprovechada.

Josemari poco antes de bajara Zaragoza a estudiar.

Corría el año 1958 y dos mozos casaderos se juntan en santo matrimonio en la iglesia de San Juan El Real de Calatayud. Mis padres. Ella, Carmen Hernández Hernández, es de la familia de los "chinchanes" de la Aldehuela de Grío, la sexta de ocho hermanos: María, Julian, Pedro, Irene, Andrea, Mariano, Miguel y alguno más que no pasó de la primera infancia. Sus padres, Maríano y Sinforiana, tuvieron que bregar fuerte para sacar adelante a la familia. Poca escuela y mucho campo. Doña Amparo haciendo la vista gorda y los chichos a recoger hierbas para la vacas. Cuando ya eran mocetas, a vender la leche en Tobed o Santa Cruz. En invierno las olivas, en verano las eras y a regar las torcas del Val, en otoño las uvas y en primavera a preparar. El, José Gimeno Orera, vivilejo, del tío Juan y la tía Dionisia. El segundo de cuatro hermanos: Mariana, Carmen y Rafael. Mueso de nacimiento por antojo de la abuela por una oreja de tocino prometida y no dada. Desde los nueve años con la caballería acarreando mies a la era. En Viver el sol oscure la cara. Pocos árboles, poca sombra y mucho trabajo. Los dos curtidos en el campo y algo mayores para la época. El 29 años, ella 27. Su futuro Calatayud. La torre del Señor Salomón junto a la del Pilar, al sur del pueblo. Hoy la torre ha desaparecido y en su sitio se levanta un convento. Se buscaron la vida como pudieron: José fue peón agrícola y estuvo en una fábrica de azucares donde, bajo mano, extraían azucar de higos alicantinos en grandes calderas de cobre. En origen los higos eran para los cerdos. Las medidas de seguridad escasas y las calderas se limpiaban con ácido sulfúrico. Según los dueños no era malo, pero cuando se metían a limpiarlas, ellos desparecían. Con 55 años le salieron a mi padre machas en el pulmón. Él siempre lo achacó a esos trabajos. Carmen trabajó la fruta en un almacen. Tiene a gala que fué la última, junto a la consuegra del jefe, en terminar la temporada. Tambien recuerda el día que, enredando, le tiró una manzana a una compañera, la vió el encargado y se llevo una buena reprimenda. O la bronca que se llevo el encargado por sustraer manzanas sanas cuando decía que era estrios para los animales. Entre ambos llevaron la tierra de la torre y criaron un novillo que casi se les muere atragantado con una manzana. Allí, en ese ambiente, nací yo un 13 de abril de 1959.

No recuerdo nada pero me cuentan que me dejaban con la tía Brigueda de la tore de El Pilar cuando mis padres tenían que trabajar, y tambien que cuando comencé a andar me escapé por el campo hacia el monte y me encontraron cerca de una acequia. Se llevanron un buen susto. Por ese tiempo tambien me cuentan que se fue con ellos mi prima Mari, hija de Andrea y Andrés, se puso muy enferma y mis padres no sabían que hacer. Fue un mal trago que siempre recuerdan.

En el año 1961 mis padres se vinieron a vivir a Santa Cruz de Grío. Se acabaron las "américas". Incluso les enveneron las gallinas en la torre. Ya en Santa Cruz, primero vivieron en la calle de la Ombría, en un patio de vecinos junto a la "murió", casa pequeña y oscura. Enseguida compraron, con ayuda de mi abuelo Juan, la casa donde viven, en Ramón y Cajal 14. Allí había vivido D. Arturo el médico y se conserva la campanilla que avisaba cuando se abría la puerta. La casa era de los Españas pero con posterioridad he sabido que tambien vivió alli el tío Bruno, teniente alcalde republicano en el año 36.

Mi primer recuerdo es precisamente enfrente de la casa. Era agosto y bautizaban a mi hermana Ana. Dos hijas de Modesto Gómez, albañíl, me pedían caramelos y yo los dejaba caer dentro del abrevador para que se mojaran. Eran unos caramelos alargados envueltos en celofán.

Mi siguiente recuerdo es para mis abuelos Mariano y Sinforiana, vivían al lado, y mi madre me dejaba con ellos cuando se iba al campo para todo el día. Me dejaba a mi y un huevo (sic). En la cocina de mis abuelos probé por primera vez la sopeta de vino con azucar al salir de la escuela. la escuela era de párbulos y estaba encima del ayuntamiento en la plaza del reloj. Creo que todavía la llevaba Dª Julia. Los pupitres formaban un cuadrado y la maestra tenía la mesa en el rincón frente a las escaleras, sobre una tarima. La estufa en medio. Las madres a encender cada mañana por turno y a preparar la leche en polvo que nos regalaron los americanos. A la derecha de la entrada había una puerta siempre cerrada, el calabozo. Solo nombrarlo nos producía pavor. Era un cuarto oscuro con carbón y viejos frascos de medicinas al que había que descender por una escalera y al que amenazaba la maestra con meternos si nos portábamos mal. Debí entrar en la escuela antes de tiempo a cambio de cierta cantidad de dinero y así mi madre podía ayudar en el campo.

Con 7 años subíamos a la escuela de arriba, detras de la iglesia. Dos amplios edificios del año 29 con separación de niños y niñas. Disfrutábamos de largos recreos. Unas veces en el jardin, entre la escuela y la carretera, y otras por todo el pueblo jugando al escondite, policias y ladrones. Otros días nos quedábamos en el callejón de la Iglesia jugando al churrova, el gua o las tabas. Dolía cuando el verdugo cumplia el castigo impuesto por el rey, "10 panecillos calientes". Con las manos juntas recibían sin pestañear 10 correazos en los reveses de las manos. Pero lo mejor era cuando coseguías hundir por el peso a los compañeros que formaban el burro en el "churro va".

De esos años me quedan pocos recuerdos: los mayores a la fresca junto al lavadero mientras la chiquillería jugábamos al escondite o dábamos vueltas por encima del lavadero ante los gritos de espanto de nuestras madres ante la posibilidad de caer dentro. Carmina Franco era un lince, un chicazo. Un día, con mi madre, fuimos a las Planillas, donde mi padre trabajaba un campo de trigo a medias de Ángel España. En la acequia de la Canal, entonces de tierra, vimos un culebrón y pasamos de largo muertos de miedo por si nos atacaba. Las culebras tenían mala prensa porque le daban la cola a los bebes y ellas mamaban de las madres tras encandilarlas. Siempre había que llevar unos ajos en la ropa por si te quedabas dormido en una cabaña, sitio ideal para ellas, freso y oscuro.

Otros recuerdos: Un día estaba un burro atado en la puerta de mis abuelos chinchanes y ni corto ni perezoso monté a mi hermana y nos fuimos por el camino del cementerio hasta Inogés a casa del Josete donde una semana antes había acompañado a mi padre para comprar unas ovejas o corderos. Nos hicieron unos huevos fritos y nos mandaron para casa. Al llegar todo el barrio estaba buscando el burro que resultó ser de mi tía María de Viver y no podía marchar sin él. Otro día, al salir de la escuela, me fuí hacia el Olivar, en el barranco del Val, donde estaban mis padres. Al llegar a los almendros del España, encima del palomar del "mañitas", un cuervo graznó. Me dí media vuelta y a casa. Por la noche se reían de mí en casa y me advertían para no ir solo por los caminos. Lo que no fue óbice para que cuando murío Vicente Gimeno, hermano de mi abuelo Juan, me enviaran al Rebentón para avisar a mis padres que estaban arrancando lentejas. O que cuando un día salí de la escuela y me enteré que era el entierro de un primo de Viver muerto bajo un tractor, cogi el portante y allí que me presenté.

Estudiante en Zaragoza. 1968-1973

Con 9 años mis padres me mandaron a estudiar a Zaragoza. La otra salida para las famiias era enviar a sus hijos varones al seminario de Tarazona. Pocos años antes habían ido Joaquín Roy, José Antonio Castillo, Miguel Ángel Galán...Solo tuvimos un sacerdote, pero fue mucho antes, Juan Antonio de las Inmaculadas. La salida a Zaragoza fue facil para mis padres ya que mis abuelos paternos, Juan y Dionisia, se habían bajado de Viver años antes y ya tenían otros nietos con ellos. Allí estuve 5 años, primero en la calle Batalla de Pavía 7, en un bajo oscuro, con mis primos Azucena y Fernando, y un señor de Inogés a pupilo. Nos mandaban a la cama pronto y los mayores se quedaban a ver el parte. El abuelo Juan, todavía fuerte y joven, trabaja esporádicamente en los campos o descargando cajas de ponche Caballero cuyo almacen estaán enfrente, junto a la bodega del Sr Barranco. Era curioso ver como se vendían trozos de hielo de unas barras que medían un metro. O las puertas de madera de las cámaras. Los Barranco eran amigos de mis abuelos ya que procedían de Belmonte. Otro de mis recuerdos es el sempiterno bocadillo de Tulipan con embutido, unos días chorizo y otros mortadela. Las mcaminatas hasta el colegio Santo Domingo de Silos, la formación por cursos y los coscorrones de los sobrinos del cura Matute.

Todas las mañanas Matute nos rezaba la oración y nos explicaba las bondades del santo del día. Allí hice el Ingreso y los 4 cursos de Bachiller Elemental. Teníamos amplio recreo con árboles y tierra a sus pies para jugar con las navajas. Eran tiempo de Educación Física con tablas militares. Excepcionalmente podíamos ir al gimnasico con sus espalderas, escaleras horizontales y sogas. Por el agujero de la cerradura de una puerta metálica intentábamos ver a las chichas del otro patio. Estábamos separados. Los domingo misa obligada y preguntas de la homilía el lunes. De las clases tres recuerdos: las preguntas de latín en una rueda y avanzabas o retrocedías según la contestación, la Historia amena de Juan Bautista y sus exámenes en sábado o cuando tu podías, y la plástica de un pintor, Blanco, con bastante mal genio. Hice una locomotora de cartulina y figuras geométricas. No le gustó mucho y me la escachó. Sin embargo he guardado durante años un mosáico tamaño cartulina con el motivo de un chino y los puntos cardinates, y varios trabajos de vidrieras negras con celofán de colores.

En esos años, 68-73, descubrí elbarrio y el centro de Zaragoza. Frente a casa habia una carpintería industrial ruinosa donde los crios ibamos a pelear. Cerca del cole se inundaba el terreno, donde hoy es el parque Torrerramona, y en un sendero de alcorce me asustaron una pandilla, cuando lo conté en casa, mi primo Fernando se encaró con ellos. Una de mis salidas preferidas era el parque Bruil, bajando por un acequia peligrosa y pasando el río. Alli los osos daban miles de vueltas dentro de su jaula. Conforme cogía confianza ampliaba las salidas: estación de Utrillas y sus moreras, plaza del Pilar, plaza de España....Los últimos años vivimos en la calle Batalla de Lepanto 20, 2º A. Un piso luminoso y habitación grande para Fernando y yo. Dormíamos en la cama de latón de los abuelos. Ellos todas las tardes jugaban al guiñote. El abuelo se enfadaba cuando la abuela le hacía el corte en varios montones.

Estancia en Córdoba.1.973-1.976.

                Terminé el bachiller elemental en Zaragoza con buenas notas. No recuerdo cómo pero lo cierto es que con otros compañeros solicité beca para entrar en las Universidades Laborales. Nacidas en los años 50 y 60, proporcionaban al régimen de Franco cuadros técnicos bien formados y obreros cualificados. Tampoco recuerdo si lo hablé en casa o no. Lo cierto es que en ese momento el bachiller superior por letras sólo se podía hacer en las Universidades laborales de Gijón, Córdoba y Zaragoza (femenina). Me aprobaron la beca para ir a Córdoba pero algo pasó que no empecé le curso en septiembre sino el 27 de noviembre.

                Mi madre me marcó con el nº 210 toda la ropa y mi padre me acompañó en el viaje que hicimos en tren. El pobre estaba muy perdido ya que no había salido del pueblo más que para el viaje de novios en casa de unos familiares en Barcelona. Los de letras estábamos en el colegio Góngora, una de las 6 cruces que formaban los dormitorios de la Onésimo Redondo, regida por dominicos,  cuyo nombre que recibió en recuerdo del fascista de Valladolid que fundó las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica , integradas en las JONS y después en Falange. Onésimo había muerto en combate en 1.936.

                Mi primera clase fue de latín, el profesor me mando declinar un adjetivo compuesto que yo no había oído en mi vida. Me preguntó por mi nota en bachiller elemental. Sobresaliente. Y nos comentó a la clase que allí el alumno aventajado sacaba bien, el maestro notable y el sobresaliente ni para Dios. El profesorado era competente y exigente. Y quien suspendía no volvía al curso siguiente. Tengo recuerdos borrosos del hermano Herviti de Filosofía y su risita cuando le escribíamos en la pizarra la palabra “Tassili”, yacimiento del Sáhara con pinturas eróticas. Aquel día la Filosofía desaparecía de clase y entraba la Historia. O el hermano Zabalza, José Luis, que dirigía el cineclub con ciclos dedicados a Orson Wells o el viaje a Málaga para ver cooperativas y después la Naranja Mecánica. Todo un hito de la época. El cine era enorme y de vez en cuando las columnillas de humos delataban a los fumadores. Teníamos también buenos profesores de Gimnasia. Eran tres y según quien te tocaba hacías el deporte de su especialidad. A mí me correspondió el de balónmano y me hice portero. Un día, corrimos vallas, en mi calle se olvidaron de poner las primeras pero cuando llegué a una tuve que recular y casi no paso. En dibujo íbamos a la nave de los torneros y en el piso superior nos daba dibujo un pintor. Pero el más rígido de todos resultó ser un dominico que nos dio Lingüística en COU. Aprendimos mucho pero le teníamos pavor.

                Las instalaciones eran gigantes, los comedores enormes y cada semana uno de la mesa servía a dos mesas, la suya y la de enfrente, los otros comían poco segundo. A veces nos quedábamos un rato para ayudar a recoger a las chicas y en premio nos daban más comida. En cierta ocasión, con José Miguel Rodrigo Guzmán, nos comimos una bandeja de huevos duros con salsa. Una zona muy querida eran las pistas polideportivas, algo alejadas y sin vallas ni muros. Cuando tenías tiempo podías salir por los campos. Me encantaba hacer excursiones en solitario. Había campos de algodón, una cantera  con fósiles que hoy sé que eran erizos, un ermita con romerías, o un cementerio  cuya puerta coronaba un Cristo de barro en la cercana Alcolea.

                Los sábados y domingos, previa petición de pase, podíamos bajar a Córdoba capital. A esa edad todo me fascinaba: la mezquita con su torre de subida libre en rampa, el olor de los naranjos silvestres, el puente romano y sus molinos, la plaza de mercado  y el viejo templo romano, la colorida fachada de la Diputación y el parque adyacente, la pequeña plaza del Cristo de los Faroles, el callejear en busca de patios andaluces con la puerta entreabierta, la calle de las flores o los retablos cerámicos en las esquinas de algunas calles. Al final siempre terminábamos en el bar “Bocadi” comiendo un mini bocadillo con mucha mayonesa y a precio reducido. Estudiantes y militares compartíamos barra y mesas.

                En esos años murió Franco y alguien hizo una pintada, el revuelo entre los frailes dominicos fue mayúsculo.

                Cada colegio tenía forma de cruz con tres pisos de altura y en cada lado de la cruz tres habitaciones y un baño común. A mí me tocó en un tercero en la habitación del fondo con siete camas por ser más amplia, las otras eran de seis. Solo me acuerdo de tres compañeros: un tal Gutiérrez que os dejaba dormidos con sus historias, Díez al tonábamos el pelo por su belleza física y al que acompañé cuando operaron de apendicitis, y Desiderio Vaquerizo Gil, extremeño al que su familia de Almendralejo enviaba viandas que no quería repartir. Años después me lo encontré en Zaragoza en un congreso de Arqueología y hoy es un destacado catedrático de Arqueología en Córdoba.

                Fueron unos años muy felices donde todo era nuevo para nosotros y lo absorbíamos como esponjas. Todo terminó con la reválida de COU en el colegio Góngora de Córdoba a mediados de julio, donde el bien me supo a poco. Libre ya de la Laboral, el viaje de la reválida fue por nuestra cuenta y no en los autobuses de la Universidad, en lugar de volver a casa, marché unos días a Ceuta. Me maree en el barco, compartí habitación con dos hombres que no conocía de nada y tras dar una vuelta por el mercado y comer unos huevos fritos, me volvía a Santa Cruz de Grío. Ya tenía 17 años y los veranos me integraba en la cuadrilla de jornaleros que Lino Longares repartía por todo el Jalón.

Hay una web muy interesante sobre la laboral de Córdoba. MÍRALA, en ella he encontrado dos de mis maestros: Richard Cuadrado Tapia que me dio Griego en unos cuadernos grapados y copiados a ciclostil. Y Francisco Zueras Torres, destacado pintor que nos daba dibujo. Ahora sé que era de Barbastro en Huesca. Gracias a Juan Antonio Olmo Cascos.

Compañeros de Historia en la escalinada de Filosofía y Letras. Quien me sujeta el brazo es Mariano Abadía de Estadilla.

Universitario en Zaragoza. 1.976-1.982.

Tras terminar COU y hacer la selectividad en Córdoba en el Instituto Góngora, el verano lo pasaría en el pueblo, trabajando en la fruta, no lo recuerdo. Pudiera ser que ese verano me fuera con otros chicos del pueblo a coger peras a una finca de los Montesquiu, productores catalanes de cava, que tenían en un pueblo fantasma llamado Aguilar de Ebro. La casa del pueblo donde nos alojábamos no tenía luz y el agua era de aljibe. Muy cerca pasaba una acequia con fuerte caudal de agua que nos impedía remontar. El agua de color terroso nos arrastraba y salíamos 100 metros más abajo. Era una fina inmensa de perales que ocupaba un recodo del Ebro. El capataz era de Alpartir, y su hermano, algo visuejo , conducía el tractor con la plataforma a tal velocidad que no sé cómo no hubo accidentes. En mi vida he visto y sufrido más mosquitos que allí. Ni siquiera en Sevilla con sus mosquiteras. Sólo descansábamos el domingo por la tarde, nos íbamos al hostal Portal de los Monegros  o al pueblo vecino, Osera de Ebro, donde merendábamos unas estupendas ensaladas de tomate. Algunos compañeros del pueblo contaban sus hazañas años atrás en las bodegas de cava en San Sadurní de Noia. Con el dinero que gané me compre una cámara de fotos Olympus OM1. Todo un clásico de la época que años después me robaron en Casablanca. Incauto yo la dejé a la vista en el Renault 4 verde metalizado que tenía entonces.

En la universidad me decanté por la Historia. La afición me venía de aquel viejo cura que me dio clases en el colegio Santo Domingo de Silos. La carrera duraba 5 años, 3 de comunes y 2 de especialidad. Al final te daban el título de licenciado en Filosofía y Letras, rama de Historia.

El primer año,76-77, becario, nos dijeron que teníamos que vivir en un Colegio Mayor. Y crédulo, lo pasé en el Colegio Mayor Luis de Cerbuna, en la misma Universidad. Dos alumnos por habitación, te hacías la cama, te hacían la limpieza y la comida. Tres recuerdos me vienen a la memoria: las novatadas frente al Colegio Mayor Santa Isabel, femenino. La presencia de un alumno ciego estudiante de Derecho, y las conferencias y cineclub de la época. De las clases. Acudía a todas, sacaba buenas notas y en los ratos libres nos tumbábamos en el césped o nos tomábamos alguna caña. De los profes recuerdo a Martín Bueno, a Beltrán padre, a Pilar Utrillas, todos arqueólogos. Del resto no me acuerdo. Ese año, en verano, participe en mi primera campaña arqueológica. Me apunté al equipo de Miguel Beltrán, director del museo Provincial de Zaragoza y director de los trabajos en Velilla de Ebro, Celsa Lépida. No me terminó de gustar. Había mucho clasismo: el director y los alumnos de 4º o 5º por un lado, los alumnos noveles que nos utilizaban para picar pero no recibíamos explicaciones, y los peones del pueblo. Incluso en una ocasión se me llamó la atención por hablar demasiado tiempo con un peón. Se suponía que rendía menos. Ya me hubiera gustado verlos a ellos picar en un secarral a más de 35º y en tierra endurecida de 2000 años. Su último uso había sido ser utilizado el terreno como eras del pueblo. Un día la excavadora sacó la tierra de una cisterna, pero los rincones no pudo limpiarlos. De un salto y con un pico baje al aljibe y con tanto entusiasmo piqué que en un fallo de puntería el pico revotó en la pared y la parte trasera, el caz, me abrió una brecha en la cabeza. Josemari al médico y puntos. Lo recuerdo bien porque desde allí me fui a las fiestas de las vaquillas de Teruel y todos me preguntaban por el rapado y los puntos.

El segundo curso, 77-78, me marche a vivir a un piso del barrio de San José con dos compañeros: Javier Zardoya y Luis Calvo. Los dueños se reservaron una habitación para taller de costura y nos echaban la bronca si algún fin de semana hacíamos algo de ruido con nuestros amigos. Sin embargo cuando en junio les dijimos que dejábamos el piso lo sintieron, no habíamos sido tan malos inquilinos. Javier venía de Ablitas, en Navarra, pero sus padres eran de Aladrén, cerca de Cariñena. Calvo era de algún pueblo de Teruel. Años después lo volví a ver trabajando en un sindicato. Hoy les he perdido la pista a los dos. Lo último que supe de Javier es que trabajaba en un piso de acogida de Pamplona. El curso normal: caminatas por la mañana y la tarde desde San José a la Universidad, clases, exámenes y papeletas. Ese curso suspendí Arte. La asignatura la daba Lacarra, en el aula Magna 2, nos ponía cientos de diapositivas, la clase en penumbra y nosotros enredando atrás y bebiendo de una pequeña petaca. Nos expulsó a tres y se vengó en las notas. En septiembre, sin estudiar, aprobé. Ese verano me fui a excavar con Paco Burillo a un yacimiento celtibérico en Herrera de los Navarros. Paco era todo lo contrario a la oficialidad. Premio fin de carrera, nacido en Paniza, estaba “exiliado” en Teruel. Su subvención era corta así que dormíamos en sacos en la escuela y comíamos a lo pobre: mucha patata al horno, sopas, latas de foigras…el poblado de calle central única y casa a ambos lados era muy rico en hallazgos ya que fue incendiado en las guerras sertorianas. Igual te encontrabas con una ídolo anular como un montón de fusayolas pertenecientes a un telar como una fíbula de caballo, que tras restaurarla en Madrid ha sido una de las mejores del mundo celtibérico. Pero lo que nos intrigaba era que al realizar las planimetrías aparecían dos líneas de círculos en paralelo de unos 120 cm de diámetro con materiales revueltos. Al limpiar uno de los pozos, apareció una vasija medieval en el fondo. ¡Eureka¡ se trataba de depósitos de cereal utilizados en la Edad Media en previsión de ataques enemigos. Uno de los fines de semana me fui, con Javier Zardoya, andando, hasta Aladrén donde veraneaban sus padres. A mitad camino pasamos la Hueva y recorrimos un viejo molino. Ya en Aladrén me llevaron a conocer el antiguo monasterio cisterciense junto al pantano de Tosos. Una pena de desidia. No había cubiertas, los adornos de las pilastras de la portada estaban picados y algunas piedras terminaron en las peñas de los jóvenes de Tosos. Años más tarde volví con Olga y el deterioro continuaba. Hoy no sé que quedará de él.

En tercero,79-80, me fui a vivir con los abuelos en el piso de las Fuentes, Batalla de Lepanto 20. En los cuatro viajes a la Universidad, y está lejos, me juntaba con Miguel Rodrigo Guzmán, “Miquelón”, cuya familia era de Paniza pero vivían en el grupo Girón al final de Las Fuentes. Un poco más arriba, en el Camino Las Torres, recogíamos a Jaime Villares, “el bolas”. Fueron tres años de caminatas, pero con 19 años todo se lleva y el bolsillo estaba flojo. En ese curso recuerdo al profesor Armillas, de Historia Moderna. Su porte distante, de traje azul, y a su vez intelectual de reconocido prestigio. Sus clases eran magistrales. Una delicia. Algunas clases las teníamos que dar en el edificio de Interfacultades por falta de espacio en nuestra facultad. Entre ambos edificios había un estanque y alguno que otro se dio un remojón.  Fuera de clase la vida era intensa: asistíamos a conferencias, exposiciones, tonteábamos con las chicas y bebíamos cerveza, mucha cerveza. Era muy cómodo vivir con los abuelos: la abuela Dionisia se encargaba de todo, el abuelo Juan iba a comprar al mercado, y por la tarde jugaban al giñote en un pequeño saloncito soleado. La abuela le hacía trampas y el abuelo terminaba enfadado todos los días. Ese verano repetí con Paco Burillo. Esta vez en el Pueyo del Cid. Por aquella época Paco creía que allí se encontraba Segeda. Los frutos fueron pobres. Solo recuerdo bajar andando un día con otro compañero al pueblo de Fuentesclaras a jugar un partido de pelota, él fue campeón juvenil de Aragón. No recuerdo su nombre pero supe que terminó trabajando en prisiones. Tuvimos ese año paso del ecuador. Nuestra promoción de Historia era de más de 100 alumnos. La mayoría eligió ir a Mallorca, otros a la playa, y 3 nos fuimos a París. Un par de días antes de viajar me robaron la mariconera en un bar de la zona de Moncasi llamado Las Brujas. Si compraba un nuevo billete no tenía para el hotel. Viajamos en tren por Hendaya y llegamos a París, mis compañeros, no recuerdo con quien fui, me guardaban el equipaje en su habitación y yo dormía en un cuarto trastero del sótano de un edificio. Un colchón viejo me servía de cama. Durante una semana vimos los monumentos: Notre Dame, Sante Chapelle, Los Inválidos, La Ópera, la rivera del Sena, el Molin Rouge y el Sacre Couer. El centro Pompidu con su biblioteca libre de ataduras donde podías coger un libro y tumbarte en el suelo de moqueta a leer. Y sobre todos ello el Louvre. Recuerdo la impresión que me causó la vitrina donde se exponía la paleta de Namer, de origen egipcio y que tantas veces había visto en los libros. Ese curo comencé a salir con Olga. Para San Blas bailoteamos, me disfrazaron de mujer en casa del Bienvenido y quedamos para ver una película de Woody Allen titulada Manhattan. Después su sobrino Mario Luis, entonces un crio, me llamaba Manhattan. El resto del verano, como en los anteriores, lo pasaba en el pueblo. Cogiendo fruta por la ribera del Jalón en la cuadrilla que formaba y transportaba Lino Longares. Allí donde nos buscaban nos llevaba. Cobrábamos un poco menos que los peones de La Almunia, pero teníamos trabajo todo el verano. La finca que más recuerdo es Casablanca, en la carretera de Alfamén. El primer año me quede a dormir allí, el encargado era José María Hernández Longares, hermano de Crescencio, de Santa Cruz. Algunas noches nos tocaba regar. Pero lo normal era coger melocotones y cargar los camiones, éramos jóvenes y nos encantaba ir en los remolques. Los camiones los cargábamos a mano en filas de 6 cajones de alto, hay que ser muy hábil para lanzar el último y que no se vaya al suelo. En la parte edificada de la finca había una plaza con un viejo tractor de hierro y una vieja ermita llena de gallináceas. En el suelo encontré y recogí un viejo libro sucio y carcomido con fotos del  viejo Japón. Siempre le he tenido un gran cariño. Uno de los fines de semana bajamos a las fiestas de La Almunia. Había vaquillas y por primera y última vez salí a pasarlas.

Cuarto y quinto, 80-82, eran dos cursos de especialidad. Yo cogí un plan mixto de Historia y Geografía. Igual daba clases de geomorfología como trimestres de griego clásico o numismática. Fueron dos años duros donde nos dimos cuenta que la nota contaba, que el fin de nuestra carrera se acercaba. Después podías hacer la tesina y la tesis doctoral, dos o tres años más a los que no estaba dispuesto ya que les suponía algún dispendio a mis padres. Seguí viviendo con los abuelos y subiendo los fines de semana al pueblo. De las clases recuerdo al Dr. Mensua, cura que nos daba Geomorfología y un día nos llevo de excursión parando en La Muela, Rio Grío, Calatayud, Ateca , etc. Años después me enteré que dejó la Universidad y se volvió a su parroquia Recuerdo el trimestre con Schrader  especialista en inscripciones en griego antiguo y con publicaciones en Gredos, o las clases de Beltrán sobre monedas que todos aprobábamos empollando su libro de numismática pero sin tener en la mano ni una moneda. Cualquiera que se acerque a la Plaza San Francisco de Zaragoza puede verlas por miles. En los veranos me fui a excavar con Pilar Utrillas, prehistoriadora. Una vez a Peña Miel , en Nieva de Cameros, La Rioja. Pernoctábamos en Torrecilla e hicimos algunas excursiones a Ortigosa donde el cura tenía una colección de etnología, o al Cameros viejo donde compre algunas vasijas a un chamarilero. También estuve con Pilar en el puerto de Belate de Navarra , en una cueva llamada Abauntz en el río Ulzama, cerca de Arraizt. En el pueblo se contaba la leyenda de una familia a la que las brujas que habitaban la cueva obligaban a subirles leche. En una ocasión, casado el ganadero, mezclo la leche con moñigos. Al darse cuenta las brujas, maldijeron a la familia con la presencia de un tullido entre sus descendientes. Y según los vecinos, la maldición se fue cumpliendo generación tras generación. Se notaba que Navarra pagaba. Vivíamos en un hotel junto a la carretera y la comida era excelente.  Por esos años también estuve en la Fuente del Trucho, muy cerca de Colungo, Huesca. Aunque nosotros pernoctábamos en Alquezar en la posada de una francesa. La excavación la dirigían Ana Mir de Barcelona y el director del museo de Huesca, Vicente Baldellou. Recuerdo con entusiasmo al guía de la Colegiata de Alquezar, José, hoy sustituido en la función por su hija.. Fueron años muy animados. Con Javier Zardoya nos fuimos un fin de semana a las paredes de Villastar en Teruel. Pasamos la noche en una cabaña, nevó, y en la entrada encontramos huellas de jabalí por la mañana. Publiqué un pequeño artículo sobre la grafitos de Villastar en un homenaje a Juan Cabré. También le pase algunos materiales a Pilar Utrilla encontrados en el río Grío y zona de Alfamén, que publicamos (sic) en Papeles Bilbilitanos. Seguramente me deje muchas cosas en el tintero, pero entonces tenía 21 años y ahora 56.

Addenda: En el 2007 nos reunió Carlos Mazo, se quedó en Prehistoria, para celebrar el 25 aniversario del fin de carrera. Nos acompañaron Paco Beltran y Francisco Marco. Entre los compañeros recuerdo a Francisco Pina Polo, Ramona Erice, Begoña, Lourdes Montes, Mariano Abadía investigador privado..etc.

1982-1983

Terminé la carrera y me esperaba la mili. En la caja de reclutas de San Fernando, en la subida de Cuellar de Zaragoza, me sortearon y mandaron al campamento de Alicante. Era el CIR nº 8 Rabasa. Allí estuvimos 3 meses con la instrucción y recogiendo las colillas del suelo para limpiar el patio. Me ofrecieron quedarme en las oficinas, pero estaba lejos de Zaragoza y allí estaba Olga, así que me arriesgué y me destinaron a Zapadores de Valencia, detrás de la plaza de toros. Todos los fines de semana que podía subía a Zaragoza con algunos de Teruel y volvía a dedo. Una vez me llevó un compañero de mi suegro que trabajaba en Transportes Ochoa. En otra ocasión Olga me sacó a Cariñena y un empresario me llevó hasta la puerta del cuartel no sin antes invitarme a cenar en el hotel María Cristina de Teruel, todo un lujo. La mili la viví como una pérdida de tiempo con algunos arrestos como cuando me dormí haciendo guardia en la azotea de una nave de vehículos, o por llevar la contraria a un sargento que nos daba una charla sobre la guerra nuclear. Él mantenía que nos teníamos que lavarnos bien con jabón, yo le contesté que con una bomba nuclear volaríamos como los japoneses. Fui conductor de jeep y Land Rover, participé en la limpieza de Carcaixent tras el hundimiento de la presa de Tous, ayude en el rescate del archivo municipal, en la retirada de cerdo ahogados, en el intento de voladura del puente de Cullera que al final no realizamos ya que el agua se quedó a 30 cm de la pisa del puente. Recuerdo algunas salidas particulares en fin de semana como cuando me fui desde Rabasa a Elche, Orihuela y el castillo de Fontcalent. La subida al castillo de Alicante o el recorrido por el casco viejo con algunos anticuarios que mostraban platos de reflejo metálico del XV y XVI. En Valencia pedí permiso para ir a una charla sobre tinajería mudéjar y no me dejaron, solo conseguí un pequeño poster. Estuve en el museo Dos Aguas de cerámica en Valencia. Impresionado por la cerámica bajomedieval de Paterna y los cántaros del XV. Me fui a Paterna y me compre una réplica y también vi en lo terrenos del castillo unas casas cueva con suelos de baldosas romboidales pequeñas, muy parecidas a las del paño de la Seo de Zaragoza. Eran casas abandonadas y llenas de basura. No sé qué habrá sido de ellas. Algunos domingos me iba por el rastro, tanto en Alicante como en Valencia. De Alicante me traje un juego de cajitas caladas que se metían una dentro de la otra, parecido a las matrioskas rusas. De Valencia recuerdo un escudo barreado bordado en oro sobre paño rojo, algún fragmento de reflejo y 5 pucheros de Bailen comprados a buen precio por vestido de militar. Los recuerdos vienen a borbotones: maniobras en invierno en Utiel donde me hago con un perico valenciano, prácticas con el puente “Man” alemán cuyas piezas levantábamos con barras entre seis soldados. Conductor del capitán de mi compañía por la ciudad de Alicante, traslado del cuartel de Zapadores a Liria donde ya estaban los carros de combate. Y una espinita, como mi remplazo era pequeño, 10 soldados, no pudimos realizar el curso de camiones. Yo deseaba sacarme el carnet de primera en la mili, era gratis.

Resumiendo, mi paso por la mili fue de puro trámite, hice cosas, pero lo recuerdo como un año perdido que en nada me ayudo para el futuro. No me acuerdo ni de mis compañeros de reemplazo salvo un chico de Teruel de Burbáguena y otro que lo licenciaron por nervisoso.

 

Excursión de empresa al Escorialy el Valle de los Caidos.

Trabajando en las oficinas de Sabeco. 1983-1984.

                Cuando volví de la mili me puse a buscar trabajo por Zaragoza. Cada día me ponía más nervioso ya que me consideraba trabajador, formado y siempre que había querido había trabajado durante los veranos en casa o en las cuadrillas de jornaleros del campo, y ahora no encontraba nada. La suerte surgió de lo inesperado. Manolita Cubero, de Santa Cruz de Grío, trabajaba con un asentador de pescados en Mercazaragoza, allí se enteró que uno de sus clientes, representante de Sabeco, ofertaba una plaza en la oficina para sustituir a un trabajador que se iba a la mili. Me lo comentó, eché el currículo y me entrevistaron. Éramos unos 22, me cogieron a mí. Siempre he creído que por tener estudios. Trabajábamos de 7 a 3 de la tarde, con 20 minutos de descanso. Aquel año la empresa consiguió descontarnos el descanso. La mayoría de compañeros se comían el bocadillo en un bar cercano a la oficina. La telefonista y yo nos quedábamos en la oficina. Ella por las llamadas y yo porque no tenía ni un duro. La oficina estaba en una calle del barrio de Torrero, en Buenavista 7. Había 3 jefes de contabilidad, uno de compras, otro de informática y los curritos. Desde la chica del teléfono y las visitas, los que confeccionaban las facturas y el encargado del archivo, yo. Al fondo de la oficina, por un pasillo, se accedía a Dirección y su secretaria. No se relacionaban con nosotros, solo con los jefes. Mi trabajo consistía en archivar las facturas de los proveedores por orden alfabético y tiendas. Así como buscarlas cuando había alguna divergencia. A un contable le cogí bastante manía ya que me tuvo toda una mañana buscando en el archivo del segundo sótano una factura de dos o tres años atrás que no aparecía por ningún lado, y todo por 50 céntimos. Algunas tarde me quedaba a contar vales descuento de los detergentes, el resto lo dedicaba a preparar las oposiciones de maestro y a salir con Olga. Cuando podía subía al pueblo con mi flamante R-4 verde metalizado. Lo compramos con los rebollones de la campaña de 1982. 41 días hasta el 9 de diciembre y un total de 443.360 ptas.

De ese año recuerdo un viaje organizado por la empresa al Valle de los Caídos y el Escorial, también vino Olga.

En el mes de mayo regresó el chico al que yo sustituía. El Sr. Contreras, contable, me ofreció quedarme en la oficina, pero rehusé ya que preferí tener más tiempo para la oposición.

Maestro en Canarias.1.984-1.991

Llevaba varios años de noviazgo con Olga y decidimos casarnos en 1984. Los últimos meses de la primavera del 84 me despedí de las oficinas de Sabeco para dedicarle más tiempo a la oposición. Nos veíamos poco.

En julio del 84 marché a Santa Cruz de Tenerife a opositar para maestro de sociales.  Busqué una pensión cercana al centro que por la noche se llenaba de cucarachas voladoras y de un olor característico de la refinería de puerto o depósitos de combustibles, no recuerdo.

Opte a estas oposiciones por dos razones: la primera porque mis compañeros que se habían presentado a Secundaria el año anterior, yo en Sabeco, no había aprobado, y en Canarias porque no exigían idioma autonómico y salieron más de 700 plazas. No iba bien preparado pero tuve suerte. Eran 3 exámenes: el primero de matemáticas y siempre he creído que algún ejercicio lo acerté por la cuenta la vieja, el segundo, Sociales, lo bordé, y el tercero, oral, de metodología, estaba nervioso como una magdalena, de tres temas posible elegí el más aséptico, la organización de un centro. En este tercero prácticamente están dadas las plazas, muy pocos suspendían.

Nos casamos el 25 de agosto de 1984, ver periodo de Zaragoza(VER FOTOS) y marchamos a Canarias, Santa Cruz de Tenerife, el día 1 de septiembre para elegir plaza. Como no tenía buena nota, nos quedamos en puertas y nos volvimos a Santa Cruz de Grío, a casa de mis padres hasta que me llamaron el 27 de noviembre de 1984. Fui solo y cuando pude elegir quedaban Vilaflor, el pueblo más alto de España, La Gomera y la Palma. Me fui a la Palma, la isla bonita, al colegio Sector Sur. Solo hasta la navidad, en casa de doña Maruja una viuda que vivía en la misma plaza del colegio y del Instituto. Para redondear su economía alquilaba habitaciones con derecho a cocina y hacía estupendos bizcochones. En la Palma permanecimos 7 años.

1984-1985. Sustituí a una maestra que se jubilaba. La directora, Doña Nelsa, con buen criterio, me puso de apoyo. Recuerdo dos malos momentos: un apoyo en la sala de profesores con un alumno de unos 7 años que no me hacía caso y mordía el lápiz, le di una pequeña colleja y en ese momento entro la directora. Otro día me tocó sustituir a una maestra de 4º y un alumno ponía  zancadillas a sus compañeros cuando salían a la pizarra, tras avisarle varias veces, me puse detrás y cuando volvió a zancadillear le dí una bofetada dejándole los dedos marcados en su cara. Al salir su madre no dijo nada pero al día siguiente vino su marido, guardia civil, a quejarse. Visto en la distancia fui un novato.

Ese año vivimos dos calles más arriba del cole, Olga se las tenía que ingeniar para elegir la comida. La isla no estaba tan surtida como la península. En una ocasión cuando preguntó que le echaban al cocido y uno de los ingredientes era la piña o mazorca del maíz no daba crédito a lo que le decían. Para ella el maíz era comida de los animales.

El colegio se llamaba Pérez Andreu, pero todos lo conocíamos con Sector Sur en comparación con el Sector Norte. Allí estuve 5 cursos. Con buenos y malos ratos. El segundo año estuve con la tutoría de 5B en los sótanos, al lado de una maestra llamada Nati, cuya madre signaba para las bordadoras de toda la Palma. Peor lo pasé al siguiente curso, me dieron la tutoría de 8B con el matón del cole en mi clase. Ni hacía ni dejaba trabajar. Nunca conseguí hacerme con él. Por la noche no dormía pensando cómo se portaría al día siguiente. Cuanto más me inquietaba, aquel día pasaba desapercibido. Otro de los malos momentos que recuerdo fue en una clase de Educación Física, en la pista prestada por el instituto, un alumno que trepa a una canasta de baloncesto, se balancea y cae. Al apoyar la mano, rotura de cúbito y radio, uno de ellos perforando la piel. Traslado al hospital, traumatólogo en su casa, espera, gritos, ayudar a sujetar con una toalla el codo mientras su tío estira con vendas de los dedos para que el médico recoloque los huesos. Y los dos peores: la muerte de un alumno en unos acantilados al intentar coger un nido, en Buenavista; y la del hijo de Dª Nelsa al tirarse por el balcón de la casa de maestros justo encima del cole. En el plano personal, Olga tuvo un aborto espontáneo en 1988, no sabía que tenía derecho a fiesta, ni tampoco me lo dijeron mis compañeros, así que con Olga hospitalizada en Mirca, sin coche y dando clases con Héctor en clase. Mis alumnas se turnaban para hacer de madres.

Momentos buenos muchos, con 25 años, recién casado y todo el mundo por delante. En los paseos por la calle Real fuimos haciendo amigos. Las mujeres coincidían con sus carros y niños. Mi hijo Héctor había nacido en el 86.Olga marchó a la península con sus padres para dar a luz en Zaragoza y que le ayudase la familia. Lo bautizamos en agosto en El Pilar. VER FOTOS El grupo se fue consolidando con Pepe y Pili, José Manuel y Margarita, Emilio y Mari, y los palmeros Víctor y Olga, Elvira y José Israel. Los fines de semana recorríamos la isla, abundan los merenderos, jugábamos al tenis, o ascendíamos barrancos. Cuando se podía a la playa de arena negra y gruesa con pequeños cristales de olivino. Yo, por mi parte, me aficioné a fotografiar la flora autóctona y a descubrir abrigos aborígenes en el término de Santa Cruz de la Palma. Cuando nos trasladamos cedí los materiales a una biblioteca, la Cosmológica.

En esos años hice multitud de cursillos, al principio sobre áreas o ciclos, pero poco a poco me fui decantando por la Ed. Física. Asignatura que no se daba en el cole con anterioridad a mi llegada. Había en la Palma una radio llamada ECCA que hacía programas innovadores de consumo. Hice un curso y durante dos años1988 y 1989 los llevé a la práctica con los alumnos. Me viene a la memoria la plástica de 7º del curso 87-88, la dedicamos al dibujo lineal. Yo proponía el dibujo y ellos podían decorarlo a su gusto. Al final del curso hicimos una exposición en el hall de cole. Son momentos como flases, como la navidad de 86 que la virgen María de belén viviente era una alumna mía y el niño Jesús mi hijo de meses. También los dos años que entrené un equipo de Voleibol, sólo estábamos tres en la isla y nunca ganamos un partido.

En mayo de 1989, junto a José Manuel García-Pardo Muñoz, realizamos un curso de formación en Educación Física en Santa Cruz de Tenerife y La Laguna. 500 horas. José Manuel se las ingenió para que nos dieran cama y comida en una residencia de alumnos de Educación Especial. Cuando pasábamos con la bandeja por el pasillo central, una niña de unos 12 años, todos los días, me piropeaba “guapo, guapo y guapo”. La parte práctica del curso la hice en el colegio de Breña Alta, el Manuel Galván de las Casas, ya que tenía gimnasio. Conseguimos una casa de maestros cerrada en el barrio de Miranda, junto a la escuela. Como Héctor era muy pequeño, lo llevamos a la guardería de San Pedro. En frente vivía un abuelo viudo, Fernando, algunas tarde las pasaba con él en el huerto. Un día me regaló un viejo mortero de madera de picar mojo picón que aún conservo. Detrás de la escuela de Miranda había una pequeña pista de cemento; allí hizo sus primeros pinitos Héctor con la bicicleta. De ese año tres hechos recuerdo que me impactaron: el embarazo de una de mis alumnas de 13 años, la muerte del coordinador de deportes un domingo por la mañana paseando con la bicicleta y ser desplazado por un camión, y la fortaleza de ánimo e integración de un alumno con una gran deficiencia física pero muy querido y arropado por sus compañeros.

En junio de 1990 me llamó Emilio Corrales, amigo y director de la residencia de Mirca. D. Germán, inspector de zona, estaba buscando un maestro para una comisión de servicios en la Inspección de la Palma. Me entrevisté con él y acepte. En curso 1990-91 lo pase en la Inspección, jornada continua de 7 a 15 horas. Tres inspectores: dos de EGB y un de Institutos. Mi trabajo consistía en coger el teléfono, pasar las visitas, pasar a máquina los escritos y en asuntos menores aconsejar legislación a los directores que llamaban. Los inspectores no venían antes de las 9, así que yo tampoco estaba a las 7, más bien a las 8. Y lo mismo al medio día, casi siempre cerraba a las 14,30. El inspector de medias era joven y no me tragaba. Para él ese trabajo lo podía hacer un administrativo, pero Germán, con más antigüedad, consideraba que un maestro conocía mejor el mundo de la Educación. Un día tuvimos que ir a un colegio por una reclamación de unos padres, nos sentamos en la mesa unas 10 personas, Germán me mandó leer la carta de los padres y pase un gran apuro. Siempre había sido mi punto débil leer en público desde el percance del rosario de Santa Cruz de Grío siendo crio. Ese miedo me ha acompañado toda la vida y solo lo he superado en 2.012 cuando me nombraron secretario de CRA Vicort-Isuela y tuve que leer las actas. Al principio nervioso y atragantado, siempre releéndolas antes y bebiendo un vaso de agua.

En abril de 1.991 salió un concurso singular con plazas en los CRA de la península.  Cuando llegamos a la Palma nos decían que en dos años volveríamos a la península, nosotros éramos goditos, pero pasaban los años y nanai de la china. Si hubiéramos sabido al principio que íbamos a estar 7 años, nos hubiéramos comprado un piso en Santa Cruz de la Palma. Los había en la avenida del Puente por 1 millón de pesetas y nosotros habíamos recogido dinero en la boda. Visto el concurso, nos decidimos y elegimos tres posibles destinos: Muro de Ágreda en Soria, El Pueyo de Alcañiz en Teruel y Orillena en Huesca. Zaragoza no tenía entonces cras. Me dieron el CRA Monegros Norte con sede en Orillena. Ya lo trataré en el siguiente capítulo.

Conforme voy escribiendo estas líneas me asaltan otros recuerdos como las comilonas en un restaurante barato de pollo frito llamado “Chipi Chipi”, lo bien que lo pasábamos en las fiestas de los indianos para carnavales y las guerras de polvos talco, la excursión de los volcanes desde la Cumbre Vieja hasta Fuencaliente o la del interior de laCaldera de Tabueriente. Los cambios de vivienda todos los años. Los baños en los Cancajos y los peces de colores junto a una roca solitaria, la recogida de rebollones en Fuencaliente que allí desconocen, los quesos con pimentón de la Recova, el mercado de agricultores de Mazo, la fiesta del almendro en flor en Puntagorda, la colección de cerámica guanche del maestro de las Tricias, el cocido de cabra en Garafía, el gofio en zurrón, el recorrido por el bosque de laurisilva en el Cubo de la Galga de Puntallana, el área recreativa del pantano de Garafía que nunca se lleno porque era un coladero, la Quinta Verde, el barranco de las Nieves, el barrio de Cajita Blanca, los canarios de José Antonio, las rosas que regalaba Félix el día del libro, el buen hacer de María Engracia, los saludos de los alumnos cuando volví de vacaciones en 1993, la sorpresa al encontrarnos con un moratero que trabajaba en la prisión, la visita al faro de Fuencaliente, las vacaciones en El Hierro o Lanzarote, el bernegal que me traje en el avión desde Santa Brígida en Las Palmas, los viajes en aviones fokKer desde La Palma a Los Rodeos en Tenerife, la guagua hasta el Reina Sofía en el sur de la isla, el viaje nocturno más barato hasta Madrid y al abuelo Vicente esperándonos para llevarnos a Zaragoza. Y cuantas cosas no me dejaré en el tintero: como los maestros Minervino, Carlos Tomas, Conchita, Blanca….De esa época tengo muchas fotos y vídeos, pinchando podeis VER algunas.